Anormal
La normalidad es un concepto estadístico. Lo normal es, simplemente, lo habitual, lo frecuente.
Lo anormal es, por definición, lo que no es normal. Es decir, lo menos habitual, lo menos frecuente.
Pero, además de la puramente estadística, lo de la normalidad/anormalidad tiene una connotación de juicio. Si yo te digo que “eres anormal” o que “lo tuyo no es normal”… no suena a meramente descriptivo, ¿verdad?
Hay algo en nuestro subconsciente que nos dice que “ser normal” es bueno. Que lo de destacar es un riesgo. Que te van a mirar raro, que van a murmurar a tu paso, que te van a dar la espalda. Y eso tiene un coste, por mucho que Alaska cantase aquello de “a quién le importa lo que yo haga”. Imagino que todo viene de la evolución y de las mayores probabilidades de sobrevivir en manada que en solitario.
Pero claro, uno es como es. Tienes tus gustos, tus preferencias, tus habilidades, tus inquietudes, tus intereses, tus cosas que se te dan bien y tus cosas que se te dan mal. Para muchas de ellas, por pura probabilidad, eres “normal” así que no tienes que preocuparte: tu naturaleza ya te hace encajar con la mayoría.
El problema lo tienes en aquellas cosas en las que “no eres normal”. Y aquí es donde viene el dilema. Porque si quieres encajar (y evitar así los riesgos asociados a “ser diferente”) tienes que negar tu “anormalidad” y actuar como los demás. Pero al hacerlo estás renunciando a una parte esencial de ti, y eso tampoco es gratis.
Hay una canción de Depedro con Leiva que dice “todo el mundo odia a los raros pero quiere ser original”.
Tal cual.
Queremos ser fieles a nosotros mismos (con todas nuestras peculiaridades) y a la vez que nos acepten como si fuésemos normales.
Y las dos cosas a la vez no pueden ser.
Así que, en última instancia, tienes que elegir el mal que quieres asumir. ¿Prefieres el coste de ser tu mismo, o el coste de encajar?


