El último baile
Escribo esto a apenas 48 horas de que España se juegue, contra Francia, el acceso a la final del Mundial de fútbol.
Antes que Francia fue Bélgica, y antes que Bélgica fue Portugal.
En ese partido tuvimos la oportunidad de ver, por última vez en un campeonato del mundo, a Cristiano Ronaldo. A sus 41 años decía adios en su sexta participación (se dice pronto, eso son 20 años jugando al máximo nivel… es una barbaridad lo mires por donde lo mires).
Las lágrimas de ese Cristiano crepuscular fueron, sin duda, una de las imágenes del campeonato.
Sic transit gloria mundi.
Mucho se habló de él durante estas semanas. ¿Tenía sentido que un jugador, por muy Cristiano que fuese, estuviese presente en la convocatoria con sus 41 años y condicionase el juego (y las dinámicas internas, por lo que se cuenta) de su selección?
Porque sí, es Cristiano, y es una máquina a nivel físico, y se ha cuidado siempre con un esmero y una profesionalidad dignos de elogio. Y es una institución, una leyenda. Pero también es obvio que no tenía ni 20, ni 25, ni 30, ni 35 años. Y que su juego no podía ser el mismo.
Yo vi el partido contra España, y allí se vio con claridad: un delantero “palomero”, desentendido de las labores de presión y defensa, de corto recorrido, esperando cazar un balón. Enorme el esfuerzo, y el mérito, pero es imposible no preguntarse… ¿cómo le habría ido a Portugal si su estrella hubiese decidido “quitarse de enmedio” antes y dejar paso a otras alternativas?
Como casi siempre en la vida nunca lo sabremos, porque no es posible replicar el experimento.
Pero, acabado el partido, no pude por menos que pensar en la importancia de saber cerrar etapas a tiempo y decir adiós.
Hace dos años, de hecho, hablaba de esto mismo a cuenta de la despedida de Toni Kroos: con 34 años, recién ganada su sexta Champions, se fue. ¿Podría haber estirado el chicle un poco más? ¿Una temporada, dos temporadas? Quizás hasta hubiera podido llegar a este Mundial (con 36 años no parece ninguna locura).
Pero decidió que ya estaba bien y, marchándose antes de que otros le empezasen a señalar la salida, se evitó ese epílogo triste del que no supo dejarlo a tiempo.
Pero claro, eso es difícil.
Me remito de nuevo a lo que escribía la semana pasada: ojalá la realidad estuviese bien delimitada con líneas claras. “Hasta aquí estás bien, y a partir de aquí ya tienes que marcharte sí o sí”. Lo mismo un futbolista con su carrera, una pareja con su relación, un hijo que pasa de niño a adulto, un proyecto profesional… reglas claras, heurísticos que nos permitan tomar decisiones sin dudas.
Pero no hay líneas, sino manchas. Sensaciones, contextos que fluctúan, expectativas. Y con eso haces lo que puedes.
Y no nos olvidemos de que hay un elemento más, profundamente humano: ponerle el lazo a una etapa, sea la que sea, implica despedirse.
Implica dejar atrás para siempre algo que, probablemente, fue exitoso y nos gustaba. Siempre tienes la ilusión (y/o el ego) de que dure un poquito más, de que quizás si haces esto o lo otro puedas detener el paso del tiempo.
Porque la alternativa es enfrentarte a algo nuevo, algo distinto, a la incertidumbre, al no saber si vas a poder replicar lo que tuviste. A veces, de hecho, a la certidumbre de que no va a ser así.
Y cuanto más exitosa fuese la etapa anterior, más te vas a aferrar a ella.
Aunque solo sea un Mundial más.
Pero el tiempo no se detiene, la entropía siempre aumenta con el tiempo y, de una forma o de otra, antes o después… hay que decir adiós.
PD.- Y hablando de eso… esta semana voy a poner fin a mi podcast. A hacerlo de manera “oficial”, porque en realidad el pobre lleva languideciendo ya un par de temporadas. Hace tiempo que no siento el impulso de ponerme detrás del micrófono, que no es un formato que me ilusione, que no le encuentro una personalidad y un sentido que lo justifique. Así que punto final, y gracias a los que estuvisteis al otro lado.



Sí, qué buena retirada la de Toni Kroos, lesionando a Pedri por frustración.
Hemos perdido la capacidad de convivir con la perdida de facultades. En el deporte y en la vida. Queremos aparcar a los que ya no rinden como antes en vez de asignarles tareas que todavía pueden acometer.
Parece que queremos tomar el camino mas fácil de retirarlos o de mandarlos a una residencia. Acompañar ese proceso no es un epílogo triste, es la vida misma y somos nosotros los que nos hemos engañado pensando que eso no pasaría. Pero pasa.