La sala
Entré por primera vez en esa sala una tarde de septiembre de 1994. Mis padres me habían llevado a Bilbao para iniciar mi etapa universitaria y, después de haber pasado el día callejeando por ahí, se fueron a su hotel mientras yo pasaba mi primera noche en el Colegio Mayor.
En aquel entonces el Colegio Mayor estaba organizado en pisos. En cada uno de ellos, unas 20 habitaciones individuales, unos baños y unas duchas compartidos, y una sala de estar.
Cuando abrí la puerta de la sala aquella noche me di de bruces con los que iban a ser mis veteranos. Como primera novatada me mandaron salir al pasillo y aprenderme los nombres y carreras de mis 20 compañeros de piso tal y como figuraban en los carteles junto a la puerta de cada habitación. Tras unos minutos para memorizar, volví a la sala donde me preguntaron por varias habitaciones; si fallaba, tenía que beber un vaso de agua.
Bebí mucha agua.
Desde aquel día, y durante cuatro años, aquella sala se convirtió en el epicentro de mi vida social. Era el lugar donde sentarse a leer el periódico, a ver las pelis del plus o los partidos del domingo, donde jugar una pocha o reunirse a comentar la jugada al regresar cualquier noche de fiesta.
O, simplemente, “marear” en compañía cuando uno se cansaba de estudiar en su habitación.
Hace unos meses nos juntamos, una vez más, el grupo del Cuarto Central (ése era nuestro piso). Y es que el roce hace el cariño, y convivir durante tantos meses forjó una amistad que, por encima de lo diferentes que podemos ser, aún perdura décadas después.
Y cuánta culpa de eso tendrá esa sala.
Ray Oldenburg acuñó el término “el tercer lugar” para referirse a esos lugares que no son ni tu casa, ni el trabajo y que constituyen “espacios sociales informales y neutrales donde las personas se reúnen, conversan y construyen comunidad”.
Esos sitios donde tú simplemente vas sin necesidad de “haber quedado” y te encuentras con otros “habituales” con los que, poco a poco y a base de compartir ese espacio, acabas forjando unos vínculos relevantes.
Esos sitios que cada vez es más difícil encontrar en nuestras vidas, acostumbrados como estamos a ir de la casa al trabajo y del trabajo a casa, absortos en nuestras pantallas y nuestros problemas.
Yo, cuando me paro a pensarlo, me doy cuenta que desde aquella sala no he vuelto a tener ese “tercer lugar”.
Y lo echo de menos.



Twitter fue un tercer lugar muchos años...
Yo era de piso compartido, pero a veces me bajaba a la residencia de mis amigos (en Salamanca), o nos juntábamos a ver películas en el salón. La gracia era que no era algo que tuvieras que planificar, era algo por defecto.
La decadencia del tercer espacio es clara, creo que en parte lo percibimos más por el sesgo de la edad (pasados los 30 esa vida compartida empieza a desvanecerse), pero creo que las nuevas generaciones tienen menos "terceros espacios" de los que nosotros teníamos